Bradbury: 100 años en la memoria de la máquina

Por Jorge Inzunza, 22 de agosto de 2020

Green Town pertenece al imaginario de ciudades literarias del mundo. Todas ellas se ubican en coordenadas escondidas en las bibliotecas. Green Town tiene pinceladas de Arkham y Macondo. Tiene vista a un lago que parece un océano y que está habitado por sirenas que se alzan hechizadas por faros nocturnos.

Es una ciudad pequeña, pero conectada a la gran metrópoli gracias a sus rieles. En ellos viajan trenes que retroceden en el tiempo para encontrarse con caballeros en armaduras oxidadas, lunas melancólicas y dinosaurios.

Durante el día, se puede caminar por el centro de la ciudad. En el atardecer se puede entrar a ver “El jorobado de Notre Damme” con Lon Chaney y apreciar escenas que erizan los pelos de la nuca. Al salir del cine, la noche ha traído a los principales actores del carnaval invitando a los espectadores a presenciar el gran espectáculo.

En Green Town los grillos de la noche llaman a las brujas y espectros del cementerio. Estos seres viven junto a los mortales y de vez en cuando se comunican con los animales y los niños. A veces brillan en la noche y parecen estrellas caídas en un árbol torcido. Otras veces se pueden confundir con los trazos opacos de las naves espaciales que llevan desesperadamente a seres humanos a colonizar marte.

La vieja biblioteca de la ciudad se levanta como un bloque oscuro. Se debe subir un par de peldaños, empujar la puerta pesada y respirar ese aire de millones de años que penetra tus pulmones. Allí habita el ser más siniestro de todos. Su piel es como la de una serpiente, pero no son escamas, son cientos de tatuajes hechos por una bruja del norte. Cada uno de los tatuajes es un sueño, una pesadilla, una escritura automática inconsciente, una hipnosis creativa, una explosión de tinieblas y destellos. Estas historias subyugan. Las palabras se transforman en llagas permanentes en la memoria de los oyentes.

En una de las casas de la ciudad, un par de niños están recostados en el suelo de la cocina con las orejas pegadas a las tablas. Escuchan con atención. El sonido es como un ronroneo pausado y luego agitado. Es la voz del abuelo contando historias en el porche de la casa.

En una habitación de la ciudad, un hombre viejo se encorva sobre su máquina de escribir. Detrás de sus lentes, sus ojos se han quedado detenidos en un pequeño sarcófago egipcio. Sus dedos han escrito desde su época de niño vendedor de periódicos. A los 12 años recibió una máquina de escribir y fue como una prescripción que lo ha llevado a escribir incluso después de su muerte. Ahora él, hecho un fantasma de Green Town, con callos y artrosis sigue martillando cada tecla para publicar sus relatos.

Las crónicas de Green Town se han resistido al tiempo de la censura y al impulso pirómano de los gobiernos. Podrán inventar nuevas pantallas tecnológicas y vehículos de alta velocidad, pero siempre el fantasma del escritor estará allí, fabricando en su laboratorio las tempestades poéticas.

Y entonces escucharemos la plenitud de su voz profunda, diciéndonos que “Green Town, vivirá por siempre”.

Mural en la ciudad de Waukegan (Illinois), 2019

Published by Jorge

Psychologist, educational researcher, dual language teacher, PhD in Education, and writer of children books.

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